Los precios de las zapatillas de correr se han disparado. Mi hermana, que ha empezado a correr hace poco, está muy contenta con las suyas, que se compró en Wallapop. Entré a buscar y no sé qué me dio que en lugar de buscar zapatillas, me puse a buscar trajes de novia. “Condiciones aceptables”, decía el anuncio de uno con una cola larga, un poco acortinado, como todos los vestidos de novia en realidad. “Vendo vestido de novia, sin usar, estilo romántico de impresionantes encajes guipur de motivos florales y simétricos. Encajes blancos, fondo beige. Talla M, altura para 1,60 más tacón de 7. –¡mi talla!, ¡mi altura! Lo mejor viene ahora:– No tengo fotos con el vestido puesto, ya que no se ha usado”.
Justo unos días antes, supe que una chica con la que me cruzo habitualmente había estado a las puertas de la boda dos veces, con dos personas distintas. Por supuesto, lo que me interesaba de los vestidos no eran los vestidos sino las circunstancias en que se habían usado o no. Pensé que el primero, el que estaba en condiciones aceptables, se había usado en una boda feliz o divertida. Los dos eran baratos.
En su libro de memorias Pan de ángeles, Patti Smith habla de varios vestidos. Está el vestido de Libertad (lo llamó así porque “se parecía a la túnica que llevaba la mujer que enarbola la bandera […] en el cuadro de Delacroix”). Se lo regaló Robert Mapplethorpe: “una prenda ajada de ligera muselina, una especie de camisón de muchacha victoriana”.
Cuando hace un par de años se quemó mi casa, pensé: mi ordenador, mis libros, mi ropa. Mis hijos estaban en el colegio y mi novio a mi lado. Todo, Aloma, todo, me dijo mi novio cuando caí en la cuenta de lo que podía desaparecer convertido en cenizas. Al final, no perdimos tanto, aunque hubo que reformar la casa, toda ahumadita. Del disgusto, creo, adelgacé y por fin pude entrar en el vestido ese amarillo que compré en una tienda de segunda mano.
Algunas prendas no podían lavarse, me dijo con pena la de la tintorería. Entre ellas, mi abrigo negro largo, ese que tanto me gusta. Ha pasado un año aireándose y mis amigos aseguran que no huele a humo. Yo sí lo huelo.



Acabo de entender con este texto que la fantasía romántica viene por la obsesión de poseer el objeto que constata un éxito social caduco. Ahora me voy a buscar vestidos en Wallapop yo también. Gracias!!
Menudo tema el de la ropa.
Yo ya tengo más prendas de la persona que fui creyendo que sería otra que ropa para la persona que soy (y que se la puede poner sin riesgo de: hipoxia o aparecer en un videoclip de los Talking Heads).